Igual sucede con la publicidad, que procura difundir un mensaje o anuncio para motivar la venta, consumo o preferencia respecto a bienes o servicios. Pero que tan veraz es esa información que nos transmiten o qué tanta validez tiene el hecho de omitir o exagerar detalles en aras de obtener mayor beneficio? Si lo analizamos desde un punto de vista personal, la mayoría de nosotros siempre destaca lo positivo y hasta le añade un poco más para procurar llamar la atención, pero igualmente nunca destacaríamos defectos o aquellas cualidades que no nos enorgullecen.
La transformación que ha sufrido la sociedad se ve cada vez más reflejada en la publicidad que ciertamente se vale de trucos o artimañas para procurar la venta a toda costa. Es allí donde precisamente cabe el cuestionamiento acerca de la libertad que tienen los medios para colocar estos anuncios y si deben ser los medios, los anunciantes, las publicitarias o algún ente superior el que regule el asunto desde un punto de vista ético.
Sin embargo, no dejarán de surgir voces en contra de una regulación que en otros casos a través del tiempo ha sido muy mal utilizada para acallar el derecho de libre expresión.
Acotaría que tan importante es el derecho de expresión como el derecho de exigir que lo que nos brinden los medios de comunicación en materia de publicidad fuese más enaltecedor. No hace falta el engaño, la exageración, la denigración de raza, religión o género para vender.
Empero, si los ciudadanos absorbemos cada gota de los mensajes publicitarios, como sucede actualmente, y nos basamos en ellos para comprar hasta lo que nunca necesitaremos, este movimiento consumista nunca acabará.
Lo que se ha tratado de hacer desde hace ya varios años es procurar que sean los propios medios quienes ejerzan esa regulación, bajo la premisa de la función primordial que deben tener todos y cada uno de ellos que no es más que educar, orientar y entretener. Lamentablemente no es menos cierto que los medios de comunicación existen por lo que paga la publicidad, un medio que no anuncia no recibe ganancia, por tanto no sobrevive. Es aquí donde entra la doble moral, convirtiendo a los medios en juez y parte. O acaso considera usted que los dueños de medios dejaría de percibir ganancias para preocuparse por lo que pensarán los demás de la actividad que realizan? En este caso peor aún, el anuncio que deja de pasar un medio, lo pasa otro y si en algún caso es censurado, ya lo habrán visto y lo seguirán viendo miles y millones de persona a través del internet.
La autorregulación no es que deje de surtir efecto, pero es un porcentaje mínimo lo que se regula o censura y generalmente se espera que sea el afectado quien reclame, no por criterio o moral como debería ser.
Si la autorregulación encontrará una sociedad consciente de que tiene derechos y que éstos están por encima de intereses económicos particulares, habremos avanzado en la materia, pero lamentablemente más es lo que callamos que lo que comunicamos o reclamamos efectivamente y de este silencio se han beneficiado por años aquéllos inescrupulosos y faltos de ética que ven en la publicidad una forma de lucro y no una maravillosa herramienta de comunicación que permite transmitir, involucrar, persuadir, soñar, emocionarse, en fin, despertar toda la variedad de sentimientos y pasiones humanas.
Como aporte, considero debe ser un organismo aparte y no los propios medios la última instancia de regulación, miembros de la sociedad civil, educadores, profesionales de diversas ramas, interesados en edificar una sociedad panameña con una cultura de valores. Adicional, espero con ansias el día que en Panamá especialmente se empiece a legislar para regular todo lo relacionado al internet, donde hoy día se puede hacer casi de todo y no hay quien regule nada.

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